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EL SIETE DIECISÉIS



Pinchando sobre la imagen del 716 podrás verla a tamaño completo

RELATO «EL 716»

AUTOR: RAMÓN FARO CAJAL

¡Madre mía! La cantidad de veces que el pobre 716 habrá escuchado en más de mil versiones...

Este año tiene que ser el último. Me tienes que echar una mano, yo te juro que si ingreso...

Lo que son las casualidades, tengo un pariente que es el 692 que ahora trabaja en Iberia (o sea que no ingresó) y me contó la historia.

Debió ser por los aledaños del 60, año arriba o abajo. Visto desde la perspectiva de nuestros años actuales podíamos decir la clásica frase de «cuando se hacían guardias con arcos y flechas» (lo de las flechas que cada uno lo tome como quiera).

En el CHOE el Coronel vestía de uniforme de los de las botas de montar, cuello cerrado y un buen puñado de medallas en el pecho.

Los inspectores eran ayudados por otros pínfanos que llevaban un galón en el pecho que se me antojan a los «capos» de los campos de concentración judíos.

Las órdenes dentro del colegio se regían por toques de trompeta, se hacía instrucción con mosquetones de madera y al que se portaba mal nada de dejarlo sin postre, al calabozo de cabeza.

En este ambiente idílico surgió la tragedia. Un pínfano, cuyo nombre no he sido capaz de memorizar, dio «el keo». Si su madre no sana de una dolencia interna habrá un pínfano por partida doble.

El problema no está en la operación, sino en un medicamento o un tratamiento que vale 3.000 pesetas que hay que pedirlo al extranjero y que la asistencia farmacéutica militar no acoge, con lo cual todo el gasto ha de asumirlo la viuda.

La trompeta del Juicio Final ha sonado. Los pínfanos están en pie de guerra.

Todos los asuntos se posponen, acaba de quedar relegado a segundo término todo lo que no sea cómo encontrar dinero.

Se llamó al CHA (Colegio de Huérfanos de la Armada), al CHAPA (Colegio de Huérfanos de la Policía Armada) y a todos los C.H. del listín de Madrid.

Se organizan rifas, cuestaciones, venta de chatarra y cristales, consecuencia de esto desaparecieron 20 literas viejas del almacén con el consiguiente escándalo.

A la vuelta de un mes, delegados de los distintos colegios se reunieron.

Cuando hablo de delegados es curioso, pero siempre nos representamos en la mente al delegado como un tío serio, responsable, en fin resumiendo un «repipi». Pero claro, eso ocurre en la sociedad normal, llena de normas estrictas y escritas. Entre pínfanos, es curioso, el delegado es un tío aclamado por la mayoría (la democracia es pínfana) que normalmente es un punto que está metido en todos los follones, jaleos, bullas, motines y mítines de los más variopintos objetivos.

Suele ser un buen deportista, un especialista en planchar problemas y chuletear exámenes que al final de su vida pínfana tiene solo dos salidas: o la A.G.M o algún puesto importante dentro de la vida pública o comercial, Iberia, Galerías Preciados, Pryca, I.B.M, jefe de galería en Alcalá Meco, etc..

Como decíamos, los delegados se reunieron con la recaudación total de 2.800 pesetas. Increíble, una vez más los pínfanos habían logrado otro milagro.

Por otro lado «la viuda» no se había estado quieta. No sabemos nosotros nada de lo que ha sido capaz cada una de nuestras madres para sacar a su prole adelante. Total, que llamada aquí y allá, suplicando, llorando y rogando, la viuda comunica a su retoño (angelito de 18 añitos, dulce animalillo del colegio de Santa Bárbara, o sea «un bárbaro») que después de un mes de peregrinar por oficinas, asociaciones, y congregaciones de carácter benéfico, ha conseguido reunir las dichosas 3.000 pesetas.

Alegría, sorpresa, preocupación, deliberaciones y demás soluciones diversas.

Los delegados están perplejos. Imposible devolver el dinero. La contabilidad nunca ha sido un plato fuerte del pínfano.

Después de algunas soluciones la mar de curiosas quedan dos encima de la mesa.

O hacer una fiesta que ni los más viejos del lugar recordarán o hacer donación a alguien o a algo de aquella fortuna.

¡Increíble! Los pínfanos decidieron el adquirir un Santo Cristo para la capilla del colegio, que recordara la epopeya de la postulación de los distintos C.H. en un objetivo noble.

Cuando el Cristo tomó posesión en la capilla, alguien apuntó:

¿Este es pínfano o aspirino?

El ser pínfano es tener al padre en «la Gloria», la solución era obvia. Era un pínfano.

Ahora bien, todo pínfano tiene su número.

Se habló con el director y afortunadamente no era «el Zupo» pues de serlo me imagino a dónde hubiesen ido la comisión del Cristo y hasta el mismo Cristo. Total que se miró la lista y había quedado en el 715.

Cristo, pínfano número 716.

No tiene ni sección ni dormitorio.

Por prerrogativa divina vivirá en la capilla.

A partir del día de la fecha está condenado a soportar todas las lloradas de sus compañeros de pinfanitis y a elevar a la superioridad todas la peticiones que se le hagan.

Como recompensa recibirá las cadeteras de los compañeros que ingresen.

Tres notas para el final:

En la época que ocurrió esta historia una barra de pan costaba 5 pts., un litro de leche 10 pts., y un kilo de carne 20 pts. Una viuda de Comandante con tres hijos cobraba 1.123 pts. al mes.

Pese a su enchufe, el 716 no ingresó.

El pínfano 616, pasó a llamarse San José.

En fin, así me lo contaron y así lo cuento y si no fue así, mereció serlo.


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Gracias a Zoyo por el retratoide y a Ramón por su relato


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